El futuro del dinero y de los pagos: una revolución invisible

Publicado en Cinco Días el 10-07-2026

10-07-2026 — CM/2026/114

Durante años, la innovación se ha centrado principalmente en mejorar la experiencia de pago del usuario final. Ahora la atención comienza a desplazarse hacia el propio dinero y hacia las infraestructuras que permiten moverlo.

No se tratará necesariamente de una revolución en la forma de iniciar un pago. La tecnología seguirá permitiendo pagar con una tarjeta, un teléfono móvil, un código QR o incluso mediante experiencias cada vez más invisibles e integradas en los procesos de compra. La verdadera transformación puede estar produciéndose en un plano menos visible: el del propio dinero y las infraestructuras que lo soportan.

Frente al modelo dominante de pagos con tarjeta, actualmente se desarrollan dos grandes tendencias que compiten por ganar protagonismo en los próximos años. Por un lado, los pagos basados en cuenta, impulsados por la regulación y el desarrollo de infraestructuras de pagos inmediatos, que permiten reducir intermediarios y costes en determinadas transacciones. Por otro, la aparición de nuevas formas digitales de representar el dinero, entre las que destacan los denominados e-money tokens o stablecoins, cuyo desarrollo en Europa comienza a encontrar un marco jurídico más sólido gracias a la entrada en vigor de MiCA. Si los pagos con cuenta representan una evolución de las infraestructuras actuales, las stablecoins van un paso más allá al replantear no sólo la forma de transferir valor, sino también la propia representación digital del dinero.

A primera vista, las ventajas de las stablecoins pueden no resultar evidentes para el ciudadano europeo. La pregunta es legítima: ¿para qué necesitaría un consumidor mantener stablecoins para realizar sus pagos cotidianos?

La respuesta es que probablemente no las necesite. Al menos no de forma consciente.

Europa dispone hoy de algunas de las infraestructuras de pago más eficientes del mundo. La zona SEPA (Zona Única de Pagos en Euros) ha desarrollado durante años mecanismos de compensación y liquidación que permiten realizar pagos rápidos, seguros, transparentes y a costes reducidos. Desde la perspectiva del usuario, el nivel de calidad del servicio es ya extraordinariamente elevado.

Sin embargo, la innovación no siempre surge para resolver problemas visibles para el consumidor. En muchas ocasiones aparece para mejorar la eficiencia de las infraestructuras que operan detrás de cada transacción.

Y es precisamente ahí donde las stablecoins pueden representar una transformación significativa.

En el ámbito de la emisión de tarjetas, por ejemplo, un usuario probablemente no percibirá ninguna diferencia entre utilizar dinero fiduciario tradicional o una infraestructura basada en stablecoins. Seguirá pagando con una tarjeta física o digital y disfrutando de una experiencia similar.

Sin embargo, para la entidad emisora, la situación puede ser muy distinta. Buena parte de la complejidad operativa actual descansa sobre procesos de compensación, liquidación, conciliación y gestión de liquidez construidos durante décadas para operar sobre infraestructuras tradicionales. Una representación digital del dinero que permita liquidaciones prácticamente instantáneas y disponibilidad continua podría simplificar significativamente estos procesos y reducir costes operativos de forma relevante.

Un fenómeno similar podría producirse en el ámbito de la adquirencia. Actualmente, la aceptación de pagos con tarjeta requiere la participación de múltiples actores especializados encargados de garantizar la autorización, compensación y liquidación de las operaciones. La utilización de stablecoins como activo de liquidación podría simplificar parte de estas cadenas de valor y dar lugar a modelos operativos muy diferentes a los actuales.

También los comercios podrían verse beneficiados por esta evolución. En numerosos sectores, los costes asociados a la aceptación de pagos con tarjeta representan una partida relevante. Los pagos basados en cuenta y, potencialmente, determinados modelos basados en stablecoins podrían contribuir a reducir parte de estos costes al eliminar intermediarios y simplificar los procesos de liquidación.

El potencial transformador resulta aún más evidente en los pagos internacionales.

El envío de dinero entre particulares constituye uno de los ejemplos más claros. Actualmente, muchas transferencias transfronterizas implican la intervención de múltiples intermediarios, costes significativos y tiempos de procesamiento que pueden extenderse durante días. Las stablecoins permiten imaginar un modelo alternativo en el que el valor pueda transferirse prácticamente en tiempo real entre dos puntos del planeta sin necesidad de que el proveedor del servicio asuma importantes riesgos de balance durante el proceso.

Pero las implicaciones van mucho más allá de las remesas. Los pagos entre empresas, la gestión de tesorería internacional, la financiación del comercio exterior o incluso determinados pagos entre administraciones públicas podrían beneficiarse de infraestructuras más ágiles y eficientes. Además, la posibilidad de incorporar reglas y condiciones directamente sobre el dinero abre la puerta a nuevos modelos de automatización y programabilidad cuya aplicación práctica apenas comienza a explorarse.

Naturalmente, esta evolución no está exenta de desafíos. La regulación, la interoperabilidad, la gestión de riesgos, la protección de los usuarios y la coexistencia con las infraestructuras tradicionales seguirán siendo elementos fundamentales para determinar el ritmo de adopción de estas tecnologías.

Lo que parece cada vez más evidente es que el mundo de los pagos ha entrado en una nueva fase de transformación. La irrupción simultánea de los pagos basados en cuenta y de las stablecoins abre la puerta a una nueva generación de infraestructuras financieras potencialmente más eficientes, más programables y más globales. Quizás el usuario final siga pagando con una tarjeta, con un teléfono móvil o con un simple clic. Pero detrás de ese gesto cotidiano podrían estar produciéndose algunos de los cambios más profundos que haya experimentado el sistema de pagos en las últimas décadas.

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